Apenas si había pegado los ojos en la noche, suele pasar cuando estás muy ansioso esperando el otro día, entre más quieras dormirte menos lo logras. No podía creer que hubiera podido convencer a su maestro que ya era muy estrecho el convento para vivir todos. Las orillas del Jordan se veían un lugar excelente para crecer. No había que hacer nada muy complicado, realmente casi que con un tronco alcanzaría para cada una de las cabañas.
El problema eran las hachas. En el convento apenas habían dos. Conseguir un hacha en aquel entonces era el equivalente a pedir prestado un back hoe en nuestros tiempos, así de caras. No había corriente ni gasolina. Así que conseguir el hierro, fundirlo y afilarlo era además de una tarea titánica, onerosa. Muy onerosa.
El viejo cascarrabias de Isacar había accedido (de mala gana por supuesto) a prestársela. Más por la presión de su mujer que por el gusto de hacerlo. Ni siquiera el nombre de su maestro lo habría impresionado. Iría temprano a recogerla, apenas rayara el alba para desayunar e iniciar las tareas. Había que rendir el día.
Dicho y hecho. Aser, desvelado y todo se levantó y aún oscuro golpeaba la puerta de Isacar. Quien si ya de por si era una amargazón, ahora despertándolo desde buen temprano imagínense cómo se puso. “Cómo a tí mismo la cuidas, y eso va literal” le dijo (o tal vez lo amenazó) mientras se la entregaba de mala gana. Aser tardo un poco en entender la frase y quiza hasta prefirió no comprenderla.
Se tragó su desayuno y partieron todos hacia el campo. Qué duro estaba ese tronco. No pareciera. Aún siendo su hacha la mejor que había, aún con su vigor de juventud, aún con sus compañeros ayudándolo costó, pero lo lograron derribar. Listos para hacerlos en tucas, cuando aparece Eliseo. Qué emoción ver a su maestro, fue tanta la emoción que olvidó mirar su objetivo, soltó el hacha con fuerza y esta resbaló y cayó al Jordán…
“… y eso va literal…” Fue lo primero que recordó Aser, mientras palidecía al extremo. Sintió el corazón latirle en las orejas y por un minuto hasta su instinto incosciente de respirar se detuvo… “Hay maestro, esa hacha era prestada” fue lo que logró a decir con tal angustia que llamo la atención de su maestro.
Contrario a Aser, Eliseo con voz serena simplemente le dijo “Dónde cayó?”. Cómo quien ve el espanto, Aser señala con su dedo donde se fue el hacha casi deseando irse él con ella. Eliseo toma una rama y la lanza al mismo lugar. Ahora no solo Aser toma mirada de espanto, todos sus compañeros quedan espantados al ver cómo el hacha simplemente sale flotando del río, violando todas la leyes de la física.
- “Sácala”, fue la única palabra de Eliseo. Aser la tomó sin poder creerlo, el mismo peso, la misma hacha… Isacar nunca va a creer esto, se pensó para sí mientras su rostro de angustia se transformaba iluminado por la felicidad.
Esta es una mis historias favoritas de la Biblia, poco conocida, se encuentra en 2 Reyes 6:5. Me encanta esta historia porque entre de las muchas enseñanzas que se le puede sacar, es que Dios, en las cosas más cotidianas, puede hacer milagros maravillosos, por dos razones, una porque te ama. Otra, para que recuerdes que Él sigue siendo Dios.
